Hay rituales que el cuerpo aprende antes de que la mente los comprenda. El café de la mañana, el té de la tarde, ese vapor que sube en silencio mientras el día empieza o termina. Durante generaciones, estas bebidas han acompañado el pensamiento humano. Ahora, la ciencia se ha detenido a preguntarse si también podrían protegerlo.
La investigación que nos ocupa (publicada el 9 de febrero de 2026) forma parte de los grandes estudios de cohorte, aquellos en los que se sigue a un grupo numeroso de personas a lo largo del tiempo para observar qué les ocurre. Más de 365.000 participantes, adultos de mediana y avanzada edad, fueron seguidos durante casi una década.
Al inicio del estudio, cada persona comunicó cuántas tazas de café o té consumía al día. A partir de ahí, los investigadores observaron quiénes desarrollaron demencia, una condición que deteriora progresivamente la memoria, el razonamiento y la capacidad de desenvolverse en la vida cotidiana, y cómo evolucionó el rendimiento cognitivo general del grupo.
La demencia no es una enfermedad única, sino un término que agrupa diferentes condiciones que comparten un mismo destino, el deterioro progresivo de las capacidades mentales. Como si fueran distintos senderos que descienden por la misma ladera, cada tipo de demencia tiene su propia manera de avanzar, aunque todos llevan a la persona a perder paulatinamente su memoria, su capacidad de razonar y, finalmente, su autonomía.
La enfermedad de Alzheimer es la más común, representando aproximadamente dos tercios de todos los casos. En ella se acumulan en el cerebro depósitos anormales de proteínas, placas y ovillos, que van destruyendo las conexiones entre neuronas. El olvido suele ser el primer síntoma que llama a la puerta.
La demencia vascular, el segundo tipo más frecuente, tiene un origen diferente. Aquí el problema reside en los vasos sanguíneos. Pequeños infartos cerebrales, a veces tan diminutos que pasan inadvertidos, o un riego insuficiente que va dejando áreas del cerebro sin el oxígeno y los nutrientes que necesitan. Como si, poco a poco, se fueran apagando luces en diferentes habitaciones de una casa.
Existen otras formas menos conocidas pero igualmente devastadoras. La demencia por cuerpos de Lewy, la demencia frontotemporal, la asociada a la enfermedad de Parkinson. Cada una tiene su firma particular, su manera de manifestarse.
Lo importante del estudio es que los investigadores no trataron la demencia como un fenómeno único e indistinto. Analizaron tanto el conjunto, el riesgo global de desarrollar cualquier tipo de demencia, como cada variante por separado. Esto es crucial porque si el café o el té protegieran únicamente contra la demencia vascular (relacionada con la circulación sanguínea), pero no contra el Alzheimer (vinculado a procesos neurodegenerativos diferentes), las recomendaciones y la comprensión de los mecanismos serían completamente distintas. Al examinar cada camino por separado, la ciencia puede entender mejor dónde y cómo actúan estas bebidas.
Uno de los desafíos de este tipo de investigación es separar el efecto real de la bebida del ruido de fondo que genera la vida humana. Quien bebe mucho café también puede dormir menos, fumar más o llevar una dieta diferente. Para resolver este problema, los investigadores aplicaron ajustes estadísticos que neutralizan la influencia de variables como la edad, el sexo, el nivel educativo, la actividad física, el consumo de alcohol y tabaco, y el estado de salud previo.
Además, el tamaño de la muestra, enorme por cualquier estándar científico, otorga solidez a los hallazgos. Cuantas más personas se observan, menos probable es que los resultados sean producto del azar.
Sin embargo, la honestidad científica obliga a señalar un límite importante. Estos estudios muestran asociaciones, no causas definitivas. Que dos fenómenos coincidan en el tiempo no demuestra que uno sea la causa del otro. Esta distinción es fundamental para interpretar los resultados con prudencia.
Los datos dibujaron una curva con forma de U invertida, como la silueta de una colina. El riesgo de demencia era más bajo en las personas que consumían entre dos y cuatro tazas de café al día, o entre tres y cinco tazas de té. Por encima o por debajo de esas cantidades, la protección observada disminuía.
La combinación de ambas bebidas también mostró resultados favorables, con reducciones del riesgo de hasta un 28% frente a quienes no consumían ninguna.
En cuanto al rendimiento cognitivo, la capacidad de procesar información, recordar, razonar, los consumidores moderados obtuvieron mejores resultados en las pruebas realizadas durante el seguimiento.
La ciencia propone varios mecanismos para explicar esta protección. La cafeína bloquea ciertos receptores en el cerebro que, cuando se activan en exceso, favorecen la inflamación y el daño neuronal. Los polifenoles, compuestos naturales presentes en el café y el té, actúan como antioxidantes, frenando el deterioro celular que el paso del tiempo va acumulando. Además, ambas bebidas parecen influir positivamente en la salud cardiovascular, y un cerebro bien irrigado envejece mejor.
El té, en particular, contiene L-teanina, un aminoácido, uno de los bloques con que se construyen las proteínas, que combinado con la cafeína parece mejorar la atención y la calma al mismo tiempo, sin el sobresalto que el café puede provocar en algunas personas.
Quedan preguntas abiertas que merecen atención. ¿Importa el tipo de café o la forma de prepararlo, o de que el té sea verde, negro, rojo? Los datos sugieren que sí, aunque todavía no con la precisión necesaria para dar recomendaciones detalladas.
La ciencia no nos entrega hoy un escudo contra el olvido. Nos ofrece la sugerencia de que ciertos hábitos cotidianos, sencillos y accesibles, pueden inclinar levemente la balanza a nuestro favor.
Una taza de café a media mañana, un té al caer la tarde. Gestos pequeños que, acaso, ayudan al cerebro a mantenerse despierto en el momento presente y también a través de los años. La memoria, como el buen té, necesita tiempo, cuidado y la temperatura exacta. Quizás la sabiduría no esté en buscar el elixir perfecto, sino en mimar cada día los rituales que nos mantienen conscientes en nuestro pequeño mundo.
La investigación de hoy es la terapia del futuro