Una clave evolutiva para la salud y la convivencia

En una época marcada por el ruido, la inmediatez y la polarización emocional, la frase “donde no hay amor, pon amor y encontrarás amor”, atribuida a San Juan de la Cruz puede parecer ajena al lenguaje de la razón. Sin embargo, un análisis desde la neurociencia, la psicología evolutiva y la salud pública revela que esta idea contiene un mecanismo biológico y social poderoso, cultivado a lo largo de millones de años de evolución.

No hablamos aquí de un “amor romántico”, ni siquiera de una emoción mística o abstracta, sino de una actitud activa y concreta de empatía, cuidado y apertura hacia el otro. En esencia, se trata de una disposición del sistema nervioso humano para crear conexión, incluso en contextos en los que inicialmente hay hostilidad, indiferencia o vacío afectivo.

Un cerebro diseñado para la conexión: El cerebro humano es un órgano profundamente social. No se desarrolla ni funciona plenamente en aislamiento. Desde el nacimiento, su estructura y su actividad se modelan mediante la interacción con otros seres humanos. Las regiones cerebrales que gobiernan la empatía, la comprensión del otro y la regulación emocional, como la corteza prefrontal medial, la ínsula y el sistema límbico, se activan y refuerzan cuando establecemos vínculos afectivos positivos.

Más aún, comportamientos como la ternura, la escucha activa, el consuelo o el simple acto de cuidar estimulan la liberación de oxitocina, dopamina y serotonina: neurotransmisores vinculados al bienestar, la confianza y la calma. Estos circuitos no solo mejoran la salud mental, sino que fortalecen el sistema inmunitario, disminuyen la inflamación sistémica y protegen frente a enfermedades cardio/cerebrovasculares.

Este “circuito del amor” no está reservado a los vínculos familiares o íntimos. Se activa también en relaciones más amplias, incluso con desconocidos, cuando se ejerce una actitud proactiva de compasión. En otras palabras, el acto de poner amor, de forma deliberada, aunque el entorno no lo ofrezca, cambia la actividad cerebral de quien lo da. Y en muchos casos, también transforma la del que lo recibe.

Mecanismos evolutivos del altruismo: Desde la perspectiva evolutiva, el ser humano ha sobrevivido no solo por su fuerza o inteligencia individual, sino por su capacidad para cooperar, cuidar y construir vínculos. El altruismo, entendido como la conducta que beneficia a otro a pesar de no obtener una ganancia inmediata, ha sido esencial para la supervivencia del grupo.

Diversas especies sociales muestran comportamientos altruistas, pero en el ser humano han alcanzado una complejidad sin precedentes. Ayudar a alguien que no nos ha ayudado antes, perdonar una ofensa, crear un espacio de paz en un entorno hostil… son conductas que, aunque puedan parecer ingenuas o vulnerables, generan un efecto en cadena: propician reciprocidad, inhiben la agresión y fomentan entornos seguros.

Los estudios en psicología evolutiva y neurociencia social afirman que estos actos “gratuitos” no solo aumentan la cohesión del grupo, sino que elevan la percepción subjetiva de sentido vital, propósito y bienestar. Las personas que ejercen regularmente conductas compasivas y afectuosas muestran menores niveles de ansiedad, menos síntomas depresivos y mayor resiliencia frente a la adversidad.

El contagio emocional positivo: Una de las propiedades más fascinantes de nuestro sistema nervioso es su capacidad para reflejar el estado emocional de los demás. Las llamadas “neuronas espejo” (Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica en 2011) permiten que, al observar una emoción en otro ser humano, nuestro cerebro active las mismas zonas como si la estuviéramos sintiendo nosotros mismos. Este mecanismo, que facilita la empatía, también explica el fenómeno del contagio emocional.

Así, cuando alguien introduce una actitud amorosa en un contexto donde predomina el rechazo o la indiferencia, puede desencadenar reacciones en cadena. No siempre de forma inmediata, ni garantizada, pero sí con una probabilidad real de transformación. Un gesto amable, una palabra serena, una respuesta paciente en medio de la hostilidad, son estímulos que alteran el entorno emocional y reducen la probabilidad de conflicto.

A nivel colectivo, este tipo de contagio emocional positivo contribuye a la construcción de sociedades más cooperativas, seguras y sanas. Diversos estudios en salud pública han mostrado que comunidades cohesionadas, donde predominan los vínculos de confianza y apoyo mutuo, presentan menor incidencia de enfermedades mentales, violencia y conductas de riesgo.

Salud individual y colectiva: El principio de “poner amor donde no lo hay” se traduce, en términos fisiológicos, en una activación de los sistemas de recompensa cerebral, una modulación de la reactividad del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal (clave en el estrés) y una mejora en los indicadores objetivos de salud. Pero, además, constituye un modo de relación con el mundo que, sostenido en el tiempo, se vuelve transformador.

No se trata de una sumisión pasiva ni de negar el conflicto, sino de optar por una forma activa de convivencia que protege la salud mental del individuo y refuerza los vínculos sociales. No todas las situaciones se resolverán con afecto, pero en muchas, el simple hecho de ofrecerlo cambia radicalmente el curso de los acontecimientos.

El amor, entendido aquí como la elección consciente de tratar al otro con respeto, cuidado y presencia, incluso cuando no se ha recibido lo mismo, no es una debilidad ni una ingenuidad: es una de las estrategias más poderosas que ha desarrollado nuestra especie para sobrevivir, sanar y prosperar.

En definitiva, la frase “donde no hay amor, pon amor y encontrarás amor” es un ideal ético y un principio con fundamentos neurobiológicos y evolutivos. Nuestro cerebro y nuestra historia como especie confirman que sembrar afecto en entornos áridos puede dar lugar a un ecosistema emocional más fértil. Quien pone amor activa en sí mismo circuitos vinculados a la salud, y muchas veces, sin saberlo, inicia una transformación colectiva. No se trata de esperar pasivamente a que el amor aparezca, sino de comprender que puede ser la consecuencia directa y medible de una acción deliberada. Es un principio activo que demuestra que los actos de afecto y empatía, lejos de ser un lujo emocional, constituyen una de las herramientas más poderosas que poseemos para modelar nuestra salud mental, nuestro bienestar físico y la resiliencia de la sociedad que compartimos.

Nullius in verba

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