La factura del desconocimiento

Vivimos en una época paradójica. Nunca antes la ciencia y la tecnología tuvieron tanto peso en nuestra vida cotidiana y, sin embargo, nunca fue tan evidente la distancia entre ese protagonismo y el conocimiento real que la sociedad tiene de ellas. Encendemos la luz sin pensar en la física que la hace posible, utilizamos medicamentos sin conocer la biología que los respalda, navegamos por internet sin comprender la ingeniería que lo sostiene. La modernidad nos envuelve, pero no siempre nos educa.

La dependencia silenciosa: La electricidad, los algoritmos, las telecomunicaciones, la biomedicina o la inteligencia artificial constituyen los cimientos del mundo contemporáneo. Sin ciencia no hay progreso, ni seguridad, ni salud, ni bienestar. Sin embargo, buena parte de la población desconoce los fundamentos básicos de estas disciplinas. Se delega la confianza en especialistas y en empresas, pero sin un conocimiento mínimo que permita ejercer una ciudadanía crítica y responsable.

Este déficit no es menor. Cuando la sociedad ignora los principios que sostienen su vida diaria, queda expuesta a la manipulación, al miedo y a la seducción de explicaciones simplistas.

El atrevimiento de la ignorancia: El saber exige esfuerzo, paciencia y formación; la ignorancia, en cambio, se muestra ligera y audaz. La ignorancia es atrevida, porque permite emitir opiniones categóricas sin el respaldo de la evidencia. Las redes sociales amplifican esta actitud: basta una frase ingeniosa, una consigna emocional o una teoría conspirativa para arrastrar a miles de personas.

De este modo, la voz de la ciencia, que requiere datos, matices y prudencia, queda relegada frente al discurso fácil, inmediato y superficial. Y así surge una paradoja inquietante: cuanto más complejas son las decisiones colectivas, menos se escuchan las voces formadas que podrían orientarlas.

Energía, entre la consigna y la evidencia: La energía constituye un terreno en el que esta paradoja se hace especialmente visible. El suministro eléctrico es la columna vertebral de nuestras sociedades, y sin embargo el debate público suele reducirse a consignas simplistas: “renovables sí, nuclear no” o “nuclear sí, renovables no”.

La realidad es más compleja. Las energías renovables, solar, eólica, hidráulica, resultan imprescindibles para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Su desarrollo ha sido notable y representan el camino hacia un futuro sostenible. No obstante, su principal limitación es la intermitencia: el sol no brilla de noche y el viento no siempre sopla y lo hace a velocidad uniforme.

La energía nuclear, en cambio, aporta un suministro estable y libre de emisiones de CO₂, lo que la convierte en un complemento valioso para la transición energética. Sus residuos, altamente concentrados, se empaquetan y almacenan bajo estrictos protocolos de seguridad, lo que permite una gestión controlada y responsable con el medio ambiente. Por contraste, las centrales de carbón, gas o petróleo dispersan de manera constante sus desechos al aire en forma de gases y partículas contaminantes, sin posibilidad de confinamiento.

El dilema, por tanto, no admite respuestas simplistas. La combinación inteligente de tecnologías, apoyada en el almacenamiento energético, la modernización de redes y la innovación tecnológica, constituye la única estrategia coherente.

Vidas humanas y energía: Para juzgar con rigor la conveniencia de cada fuente de energía no basta con apelar a la intuición: es necesario medir su coste en términos humanos. Diversos estudios han calculado las muertes asociadas a cada fuente por cada teravatio-hora (TWh) generado, considerando todo el ciclo de vida, desde la extracción de materias primas hasta el mantenimiento de las plantas.

Los resultados son contundentes:

  • Carbón: ~25 muertes/TWh
  • Petróleo: ~18 muertes/TWh
  • Gas natural: ~3 muertes/TWh
  • Biomasa: ~4–5 muertes/TWh
  • Hidroeléctrica: ~1 muerte/TWh

En contraste, las fuentes de bajo carbono muestran cifras muy inferiores:

  • Eólica: 0,04 muertes/TWh
  • Solar: 0,02 muertes/TWh
  • Nuclear: 0,03 muertes/TWh

Incluso considerando accidentes graves como Chernóbil o Fukushima, la energía nuclear se sitúa, junto a las renovables, entre las fuentes más seguras jamás utilizadas. El carbón, el petróleo y el gas cobran decenas de veces más vidas por unidad de energía que las tecnologías de bajo carbono.

Estos datos demuestran con claridad que, al emitir juicios sobre la energía, sin conocimiento se corre el riesgo de ignorar el verdadero impacto en vidas humanas.

Consecuencias políticas y sociales: La democracia descansa en el voto informado. Pero cuando la información se sustituye por opinión sin fundamento, se abre la puerta a un grave problema: partidos y líderes pueden proponer medidas contrarias al conocimiento científico y, aun así, recibir un amplio respaldo.

Ejemplos recientes abundan en todo el mundo: rechazar las vacunas, sostener políticas energéticas inviables o adoptar posiciones contrarias a la investigación biomédica. Estas propuestas prosperan en una ciudadanía que, al carecer de formación sólida, se guía más por emociones que por pruebas.

El resultado es doblemente dañino. Por un lado, compromete el futuro común al tomar decisiones alejadas de la realidad científica. Por otro, erosiona la confianza en las instituciones de conocimiento como universidades, centros de investigación u organismos internacionales, debilitando el único contrapeso sólido frente a la desinformación.

Educación como defensa: Frente a esta situación, la respuesta es inequívoca: formar a los ciudadanos en pensamiento crítico y cultura científica desde edades tempranas. No se trata de convertir a todos en científicos o ingenieros; el objetivo es dotar a la población de una base que le permita distinguir entre un argumento fundamentado y una opinión vacía.

Comprender qué significa un ensayo clínico, qué valor tiene una estadística, qué diferencia existe entre hipótesis y teoría (suposición inicial o explicación verificada), constituye una defensa frente a la manipulación. La educación científica no es un lujo, es una condición para la democracia.

Ciencia, tecnología y responsabilidad compartida: La responsabilidad no recae únicamente en los individuos. También las instituciones científicas y tecnológicas deben comunicar con claridad, accesibilidad y transparencia. El exceso de tecnicismo o la distancia entre especialistas y público general alimentan el vacío que luego ocupan los discursos simplistas.

La ciencia debe ser rigurosa, pero también cercana; mantener la precisión, pero hallar un lenguaje capaz de despertar interés y comprensión. Solo así se genera confianza, y solo con confianza se refuerza el vínculo entre ciudadanía y conocimiento.

La encrucijada de nuestro tiempo: Nos encontramos, en definitiva, en una encrucijada. Una sociedad que depende intensamente de la ciencia y la tecnología no puede permitirse el lujo de ignorarlas. El precio de esa ignorancia es demasiado alto: decisiones políticas desacertadas, retrocesos en salud y medio ambiente, pérdida de competitividad y vulnerabilidad frente a la manipulación.

El desafío es grande, pero también lo es la oportunidad: apostar por la educación científica, promover el pensamiento crítico y exigir a los líderes que sus propuestas se fundamenten en la evidencia. Solo así la sociedad será realmente libre, informada y capaz de afrontar los retos de un mundo cada vez más complejo.

Nullius in verba

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