Kéfir y yogur, dos tesoros probióticos.

Hay alimentos que, más que productos de la cocina, parecen pequeñas obras de paciencia y tiempo. El kéfir y el yogur pertenecen a esa familia. Ambos nacen del mismo gesto familiar y ancestral: dejar que la leche repose en compañía de microorganismos que la transforman con una delicadeza sorprendente. El resultado es una metamorfosis silenciosa que suaviza la digestión, enriquece el sabor y convierte un alimento sencillo en algo mucho más interesante.

La fermentación siempre ha tenido algo de misterio. En ella participan bacterias y levaduras que actúan como diminutos artesanos. Los llamamos probióticos y, pese a su tamaño, ejercen una influencia notable sobre el bienestar intestinal y sobre las defensas del organismo. Contribuyen a mantener un equilibrio que favorece la digestión y reducen la probabilidad de que los patógenos encuentren un terreno propicio.

Si observamos a estos dos fermentados con un poco de detalle, sus diferencias se revelan con claridad. El yogur nace de la labor conjunta de dos bacterias que trabajan en temperaturas elevadas. Su acción da lugar a una crema suave y sedosa, con un sabor apacible que ha acompañado a generaciones enteras. En algunos casos se añaden cepas adicionales para enriquecer su perfil probiótico, aunque la pareja clásica sigue siendo la auténtica responsable de su carácter. Bien conservado en frío, mantiene sus cualidades durante semanas.

El kéfir sigue un camino distinto. Sus protagonistas son los gránulos, pequeñas colonias de bacterias y levaduras que se mantienen unidas por una matriz natural. Basta sumergirlos en la leche y otorgarles un tiempo de reposo para que den vida a una bebida fresca, ligeramente ácida y con una pizca de gas que surge de forma natural durante la fermentación. Su conservación es breve, pero su elaboración doméstica resulta sencilla y gratificante. Además, los gránulos pueden reutilizarse indefinidamente, como si fuesen un pequeño patrimonio vivo que cada hogar custodia y transmite.

La riqueza del kéfir reside en la variedad de sus microorganismos. Esa diversidad lo convierte en un aliado interesante para la flora intestinal y, para muchas personas, supone una opción más llevadera cuando existe sensibilidad a la lactosa, ya que gran parte de este azúcar se transforma durante la fermentación. Aporta, además, unas sustancias llamadas kefiranos, investigadas por su posible capacidad antioxidante y moduladora del sistema inmunitario.

Kéfir y yogur comparten un origen común: la alianza entre la leche y los microorganismos que la transforman. Sin embargo, cada uno ha encontrado su propio modo de acompañarnos. El yogur ofrece serenidad y equilibrio; el kéfir, un perfil más vivo y complejo. Ambos pueden disfrutarse tal cual o combinados con frutas, cereales o frutos secos, y cada uno tiene algo que aportar según el gusto, la costumbre o la necesidad de cada persona. Los preparados industrialmente con sabores, edulcorantes o azúcares añadidos pierden la esencia de estos alimentos, alteran su perfil nutricional y desdibujan buena parte de sus beneficios.

Para conservar sus beneficios, necesitan frío. Cuando un producto deja de contener microorganismos vivos porque ha sido tratado o almacenado sin refrigeración, pierde su condición probiótica y ya no puede ofrecer los efectos asociados al bienestar intestinal. Cuidarlos es sencillo y, a cambio, nos ofrecen una tradición de salud que ha atravesado siglos sin perder vigencia.

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