En la arquitectura de nuestro cuerpo, donde cada órgano reclama su protagonismo, el corazón con su tambor incesante, los pulmones con su marea de aire, existe un habitante de la penumbra. Se aloja en la región profunda del abdomen, recostado humildemente detrás del estómago y abrazado por la curva del intestino, en una zona que los anatomistas llaman, con cierto misterio, el retroperitoneo.
Es el páncreas. A simple vista, no es más que una glándula de color pálido, con forma de hoja alargada o de lengua de mar. Sin embargo, bajo esa apariencia modesta, opera la maquinaria química más sofisticada del organismo. Es un órgano de doble alma, un maestro de dos mundos que, en absoluto silencio, teje los hilos de nuestra digestión y nuestra energía.
El gran disolvente: La primera alma del páncreas mira hacia el exterior, hacia lo que comemos. Es su función exocrina.
Imaginemos el acto de comer. Ingerimos carne, pan, aceites; estructuras moleculares complejas que nuestro cuerpo, tal como son, no puede utilizar. Si el páncreas no interviniera, moriríamos de inanición con el vientre lleno.
Para evitarlo, este órgano sintetiza un “licor” potente, un jugo cargado de enzimas que vierte en el intestino como un torrente microscópico. Son tijeras químicas de una precisión letal:
- La amilasa deshace los nudos de los carbohidratos.
- La lipasa disuelve las esferas de grasa.
- Las proteasas desmantelan las proteínas.
Aquí reside el primer riesgo, el de la rebelión interna. Estas enzimas son tan corrosivas que el páncreas las guarda inactivas, con el seguro puesto. Solo se activan al llegar al intestino. Pero si, por culpa del alcohol o una piedra biliar, se activan antes de salir, ocurre la tragedia: la pancreatitis. El órgano comienza a digerirse a sí mismo. Es un incendio químico, un dolor agudo y devastador. Es la carne devorando a la carne.
Los islotes de luz: Pero es en su segunda alma, la función endocrina, donde encontramos la poesía más sutil y, a la vez, el origen de su dolencia más común.
Dispersos en el mar de tejido digestivo, como un archipiélago de un millón de islas diminutas, se encuentran los Islotes de Langerhans. Son micro-órganos de una sensibilidad exquisita encargados de medir, segundo a segundo, la dulzura de nuestra sangre (la glucosa).
Su misión es mantener un equilibrio vital mediante dos mensajeros:
- La insulina: Cuando comemos y el azúcar sube, las células beta de los islotes liberan insulina. Es una llave maestra que abre las puertas de todas las células del cuerpo para que la energía entre. Es un mensaje de abundancia: Guardad y usad.
- El glucagón: Cuando ayunamos y el azúcar baja, las células alfa ordenan al hígado liberar reservas.
Aquí, el peligro no es el fuego, sino el silencio por agotamiento.
La tragedia del exceso: A diferencia de la pancreatitis, la Diabetes Mellitus tipo 2 no es una explosión, sino una erosión lenta. Es la historia de un trabajador incansable al que hemos obligado a doblar turnos durante décadas.
Ocurre así: debido al sedentarismo y a una dieta perpetua de excesos, nuestras células se vuelven sordas a la llamada de la insulina. Las cerraduras se oxidan. A esto lo llamamos resistencia a la insulina.
El páncreas, noble y servicial, detecta que el azúcar sigue alto en la sangre. “No me han escuchado”, piensa. Y entonces grita: produce más y más insulina para forzar las puertas. Durante años, mantiene el equilibrio a costa de su propia salud, trabajando al 200% de su capacidad.
Pero llega un día en que las células beta, extenuadas por el esfuerzo titánico, comienzan a fallar. Se agotan. Mueren o entran en un estado de disfunción profunda. La producción de insulina cae y el azúcar inunda la sangre como una marea tóxica. No es que el páncreas se haya atacado a sí mismo; es que se ha consumido en el esfuerzo de salvarnos de nuestros propios excesos.
El bálsamo del silencio: En una sociedad donde la ingesta es constante, surge la pregunta sobre el ayuno. ¿Es una moda o una necesidad biológica? Desde la óptica del páncreas, la respuesta es clara y rotunda: el ayuno es reposo.
Pensemos en un motor que nunca se apaga. Eso es un páncreas sometido a picoteos constantes desde el amanecer hasta la medianoche. Cada bocado, cada snack, exige una respuesta hormonal.
El ayuno intermitente o los periodos prolongados sin ingesta (como el descanso nocturno real de 12 horas) otorgan al páncreas un regalo precioso:
- Silencio metabólico: Al no entrar glucosa, las células beta pueden dejar de bombear insulina frenéticamente. El nivel de insulina en sangre baja, permitiendo que los tejidos recuperen la sensibilidad, que las cerraduras celulares vuelvan a abrir suavemente su puerta al llegar una prudente cantidad de insulina.
- Limpieza interior (autofagia): Durante el reposo digestivo, se activan mecanismos de reparación celular. El cuerpo deja de construir y se dedica a limpiar, reciclando proteínas viejas y organelas dañadas.
Para el páncreas, el ayuno no es privación; es vacación. Es el momento en que el alquimista deja sus herramientas sobre la mesa, respira y se regenera.
El arte de la convivencia: El páncreas no pide mucho. No tiene nervios que nos avisen de su fatiga hasta que el daño es profundo. Vive en la humildad del servicio continuo.
Cuidarlo es un acto de elegancia vital. Se trata de evitar la violencia química del alcohol y el tabaco, pero también de evitar la tiranía del azúcar constante. Se trata de ofrecerle periodos de paz (ayuno) y alimentos que no le exijan gritar (vegetales, grasas saludables, proteínas nobles).
Honrar al páncreas es comprender que la salud no es solo la ausencia de dolor, sino la armonía silenciosa de nuestros procesos internos. Es permitir que el guardián de nuestra energía cumpla su vigilia sin fatiga, protegiendo, desde su escondite en la penumbra, la frágil llama de nuestra vida.
Nullius in verba