La corriente del tiempo: Ver cambiar nuestro mundo

Durante buena parte de la historia, la vida humana transcurrió con cierta continuidad. Un artesano medieval o un agricultor de la Antigüedad podían llegar a la vejez en un mundo que, en muchas de sus prácticas cotidianas, seguía resultándoles reconocible desde la infancia. Los conocimientos recibidos de las generaciones anteriores ofrecían, a menudo, una guía útil para quienes venían después. La memoria colectiva ayudaba a cada persona a encontrar su lugar en el mundo.

Aquella continuidad nunca significó inmovilidad. Las epidemias, las guerras, las migraciones y las nuevas ideas podían transformar comunidades enteras en el transcurso de una sola vida. El pasado no fue un paisaje inmóvil. Sin embargo, en muchas épocas y lugares, las formas habituales de vivir cambiaban con la suficiente lentitud para que la experiencia heredada conservara buena parte de su valor.

Nuestra época plantea un desafío distinto. No solo presenciamos acontecimientos capaces de alterar el curso de la historia. También se suceden los cambios en las herramientas que utilizamos, los conocimientos en los que confiamos y las formas de relacionarnos. En el espacio de una sola vida, mucho de lo que antes nos resultaba familiar puede exigir un nuevo aprendizaje.

Este ritmo puede dejarnos perplejos. La mente humana posee una notable capacidad de adaptación, pero adaptarse requiere tiempo, atención y experiencia. Cuando aparecen nuevas posibilidades antes de que hayamos comprendido las consecuencias de las anteriores, el desafío no consiste únicamente en mantenerse al día. Consiste en preservar nuestra capacidad de juicio.

Ahí reside una de las tensiones de nuestro tiempo. La información está más a nuestro alcance que nunca y, precisamente por su abundancia, se vuelve más difícil decidir qué merece nuestra atención. Las publicaciones científicas se multiplican y algunas tecnologías se extienden entre países mucho más deprisa que sus predecesoras. Pero disponer de más información no significa necesariamente comprender mejor. Tampoco la rapidez con que circula una idea nos dice si es sólida, útil o beneficiosa.

Por eso conviene distinguir la información del conocimiento, y el conocimiento de la sabiduría. La información puede acumularse; convertirla en conocimiento exige pruebas, contexto e interpretación cuidadosa. La sabiduría nos plantea una pregunta más. ¿Qué debemos hacer con lo que sabemos? No siempre es posible responderla a la misma velocidad con que nos llega la información.

La adaptación más reflexiva no consiste en correr tras cada innovación. Novedad y progreso no son sinónimos. Una herramienta nueva merece ser valorada por lo que hace posible, por lo que nos exige y también por aquello que quizá desplaza. A veces, adaptarse bien implica cambiar de hábitos. Otras veces, significa reconocer el valor de lo que conviene preservar.

Esta reflexión alcanza también a lo que transmitimos a las generaciones futuras. Nuestros antepasados no poseían un repertorio de certezas inalterables, y nosotros tampoco. Pero cuando las respuestas conocidas pueden resultar insuficientes en poco tiempo, cobra aún más importancia legar una forma de pensar. Podemos enseñar a quienes nos sucedan a formular preguntas exigentes, sopesar las pruebas y estar dispuestos a rectificar. La experiencia sigue siendo un patrimonio valioso, aunque no pueda ofrecernos una respuesta definitiva ante cada problema nuevo.

Vivir en medio de un cambio continuo resulta exigente. También encierra una forma singular de asombro. Podemos contemplar, dentro de los límites de nuestra propia vida, cómo el conocimiento humano se revisa, se amplía y, en ocasiones, se transforma por completo. Esa perspectiva debería hacernos prudentes ante las certezas absolutas, sin llevarnos a renunciar a la búsqueda de la verdad. Tal vez nunca podamos salir de la corriente para observar el río entero. Aun así, podemos aprender a navegarlo con curiosidad, humildad y cuidado.

Nullius in verba

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