El océano invisible que nos permite respirar

Cuando pensamos en los grandes productores de oxígeno del planeta, solemos imaginar extensos bosques, selvas tropicales o inmensas praderas. Es una imagen hermosa, pero incompleta. Una parte esencial de la actividad fotosintética de la Tierra tiene lugar lejos de los continentes, bajo la superficie de los océanos.

Allí donde a nuestros ojos solo parece existir una vasta extensión de agua se desarrolla un universo microscópico extraordinariamente activo. Miles de millones de organismos capturan la energía del Sol y la transforman en materia orgánica. Son invisibles para nosotros, pero sostienen buena parte de la vida marina y contribuyen aproximadamente a la mitad de la producción anual de oxígeno mediante la fotosíntesis.

En el capítulo anterior descubrimos cómo las plantas constituyen la base de las cadenas alimentarias terrestres. Ahora dirigimos nuestra mirada hacia el océano, donde otros organismos fotosintéticos desempeñan una función equivalente desde hace más de tres mil millones de años.

Ese extraordinario conjunto recibe el nombre de fitoplancton. No se trata de una única especie, sino de una comunidad muy diversa de organismos microscópicos que viven suspendidos en el agua y son transportados por las corrientes. Incluye diatomeas, dinoflagelados, diversas algas unicelulares y cianobacterias. Cada grupo posee características propias, pero todos comparten una capacidad fundamental, capturar la energía de la luz y utilizarla para transformar dióxido de carbono y agua en materia orgánica mediante la fotosíntesis.

A este proceso se le denomina producción primaria, porque convierte sustancias inorgánicas sencillas en materia orgánica utilizando una fuente de energía externa, en este caso la luz solar. Es el punto de partida sobre el que se construye la red alimentaria del océano.

Pero la luz y el dióxido de carbono no bastan. Para crecer y reproducirse, estos organismos necesitan también nitrógeno, fósforo, hierro y otros elementos minerales que encuentran disueltos en el agua. Con ellos fabrican proteínas, ácidos nucleicos y otras moléculas indispensables para la vida. La lógica es la misma que encontramos en las plantas terrestres. La energía procede del Sol, mientras que los elementos necesarios para construir un organismo proceden del entorno.

Una sola gota de agua marina puede contener miles de estos diminutos organismos. Su tamaño resulta insignificante frente a las dimensiones del océano, pero su importancia ecológica es extraordinaria. En conjunto representan una fracción relativamente pequeña de la biomasa fotosintética del planeta y, sin embargo, son responsables de una parte muy importante de la producción primaria oceánica y de aproximadamente la mitad de la fotosíntesis global.

Al igual que sucede en un bosque, la vida marina encuentra en estos organismos su primer gran suministro de materia orgánica. El fitoplancton alimenta al zooplancton, formado por pequeños organismos animales que viven suspendidos en el agua. El zooplancton sirve de alimento a peces y otros animales, que a su vez sostienen poblaciones de depredadores de mayor tamaño, como atunes, tiburones, focas o ballenas. Algunas de estas especies forman también parte de nuestra alimentación.

Una extraordinaria red de vida queda así vinculada a la energía de la luz capturada por organismos que apenas podemos ver.

En realidad, entre un árbol y una célula de fitoplancton existe una semejanza mucho más profunda de lo que su apariencia permite imaginar. Ambos capturan energía luminosa, incorporan carbono y construyen con él la materia que sostiene la vida. La diferencia está en la escala y en el medio. El árbol domina el paisaje terrestre; el fitoplancton permanece suspendido en el agua y, multiplicado por millones de millones de células, transforma silenciosamente el océano.

Pero su función va mucho más allá de proporcionar alimento. Mediante la fotosíntesis, el fitoplancton incorpora grandes cantidades de dióxido de carbono a la materia orgánica. Cuando una parte de estos organismos muere o es consumida, una fracción del carbono que contienen desciende hacia aguas más profundas. Parte puede quedar allí durante largos periodos de tiempo. Este proceso, conocido como bomba biológica de carbono, constituye un componente fundamental del ciclo global del carbono y contribuye a regular el clima del planeta.

Conviene hacer aquí una precisión. Que el fitoplancton produzca aproximadamente la mitad del oxígeno generado anualmente mediante la fotosíntesis no significa que todo ese oxígeno termine acumulándose en la atmósfera. Una parte importante vuelve a consumirse mediante la respiración de los propios organismos y mediante la descomposición de la materia orgánica. Lo verdaderamente extraordinario es la magnitud de ese intercambio continuo entre el océano y la atmósfera.

Este sistema, como todos los grandes equilibrios de la naturaleza, está sujeto a múltiples factores. El calentamiento de las aguas, la acidificación del océano, la disponibilidad de nutrientes y los cambios en las corrientes marinas pueden modificar la distribución y abundancia de las distintas comunidades de fitoplancton. Y cuando cambia la base de una cadena alimentaria tan extensa, sus efectos pueden propagarse a través de los diferentes niveles del ecosistema marino.

Cuando contemplamos el océano desde una playa o desde un acantilado vemos una inmensa superficie aparentemente uniforme. Sin embargo, bajo esa apariencia se desarrolla una actividad biológica de una magnitud difícil de imaginar. Millones de organismos capturan la luz solar, incorporan carbono, producen materia orgánica y liberan oxígeno.

El océano que vemos es solo la superficie de un mundo mucho más complejo. Bajo ella existe una comunidad de seres microscópicos que participa en algunos de los procesos fundamentales que hacen posible la vida tal como la conocemos.

Quizá ahí reside una de las enseñanzas más interesantes de la naturaleza. El tamaño de un organismo guarda muy poca relación con la magnitud de su influencia. Algunos de los seres más pequeños del planeta intervienen en procesos que afectan a los océanos, al clima y a la composición de la atmósfera.

Comprender ese mundo invisible nos obliga a mirar el océano de otra manera. Ya no como una inmensa masa de agua que comienza en la orilla y se pierde en el horizonte, sino como uno de los grandes escenarios de la vida en la Tierra, donde multitud de organismos microscópicos trabajan silenciosamente para mantener el delicado equilibrio del que todos dependemos.

Nullius in verba

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