Como ya exploré en ¿Por qué existo? Una improbabilidad matemática y biológica, la vida es un milagro estadístico, una victoria casi imposible frente al vacío. Sin embargo, en la cima de nuestro desarrollo técnico, parece que hemos olvidado lo que significa ganar esa apuesta contra el azar. Hoy, nuestra civilización alberga una sombra: una paradoja moral donde normalizamos la detención del tiempo biológico de nuestra propia especie, convirtiendo ese acontecimiento único y asombroso en un reloj sin arena.
La aritmética del vacío: Para comprender la magnitud de este fenómeno, debemos mirar las cifras sin los velos de la costumbre. Las guerras, con su estruendo mediático; los accidentes de tráfico y las pandemias que detienen al mundo, palidecen en volumen absoluto frente a la interrupción voluntaria del embarazo.
En un escenario donde los conflictos y accidentes se cobran cientos de miles de vidas, la estadística nos enfrenta a un dato sobrecogedor: más de 73 millones de interrupciones voluntarias anuales a nivel global, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Esto significa que, en el corazón de nuestra modernidad, casi una cuarta parte de las vidas que comienzan son detenidas por decisión humana antes de su primer aliento; una cifra que desborda, con creces, la suma de todas las víctimas de la violencia y las grandes epidemias que tanto nos estremecen.
Es una estadística colosal que ocurre en la asepsia de clínicas modernas. En el Primer Mundo, donde la escasez ya no es el motor, esta cifra revela una crisis de sentido. Mientras que la muerte natural nos arrebata el pasado, esta práctica confisca el futuro: es la única “causa de muerte” que nace de una decisión institucionalizada en el seno de la abundancia.
La paradoja de la especie: Aquí yace el nudo de nuestra ética. Somos la única criatura que, gozando de paz y recursos, actúa contra su propio renuevo. Legislamos para proteger nidos de especies protegidas y reconocemos lo sagrado en la naturaleza salvaje; sin embargo, ante el cachorro humano, el ser más dependiente y prometedor de la creación que conocemos, hemos levantado un muro de indiferencia.
Las tradiciones religiosas han custodiado la idea de la vida como un don indisponible. Pero incluso desde la razón pura, surge la duda: ¿Es verdaderamente progresista una sociedad que ofrece la renuncia al hijo como única salida a la crisis de la madre?
La soledad como denuncia: La esperanza sensata nace de entender que, a menudo, lo que llamamos “libre elección” es un grito de soledad. Muchas veces, la mujer no rechaza al hijo, sino al escenario de precariedad, al juicio laboral o a la falta de una “tribu” que la sostenga. La paradoja se agudiza al ver que hemos creado un mundo hostil a la maternidad, donde la llegada de un niño se percibe como un obstáculo y no como la culminación de la vida.
La verdadera tragedia es la sociedad que deja sola a la mujer frente al abismo, haciéndole creer que su autonomía depende de detener ese reloj interno.
Tejer una red de acogida: El camino hacia la luz requiere transitar de la indiferencia a la radical hospitalidad. La respuesta ética no es la censura, sino la capacitación para amar:
- Acompañamiento integral: Redes humanas que aseguren a la madre que su vida y la de su hijo tienen un lugar en este mundo.
- Dignidad laboral: Transformar las estructuras para que la maternidad no suponga un suicidio profesional, sino un valor social protegido.
- Cultura de la esperanza: Recuperar el asombro por la fragilidad. Un bebé no es un proyecto privado, es el bien común que renueva nuestra historia.
Un horizonte de luz: La esperanza reside en creer que somos capaces de más humanidad. Imaginar un futuro donde la estadística descienda no por la fuerza de la ley, sino por la fuerza del apoyo.
Un mundo donde cada mujer, al sentir el vértigo de lo inesperado, encuentre tantas manos extendidas que la elección por la vida sea la consecuencia natural de sentirse segura y amada. Quizás entonces, esos “relojes sin arena” vuelvan a girar, y cada nuevo latido sea celebrado como la victoria de una civilización que, por fin, ha aprendido a no dejar a nadie atrás.
Nullius in verba
